jueves, 2 de octubre de 2008

Crónica del comienzo de una Dinastía Real de Amor.

...Eso que el mismo le llama felicidad.
Y si la tiene aquí la va a buscar allá...
...Es luz y sombra, tierra arada y arenal...



Crónica del comienzo de una Dinastía Real de Amor.




La mañana lo esperaba mientras y el Rey de a poco comenzaba a encontrar la postura correcta para tan significativo reencuentro.

Eran un poco más de las siete y un palmar se asomaba en el horizonte, y resulta ser que no había tenido una buena noche arriba de su temporal trono móvil, pues, como nunca antes en su vida solo pensaba en llegar y, tamaña ansiedad perforó de alguna manera su sistema nervioso central. A cada instante recordaba que ya no soportaba su vida sin un eterno abrazo de su tan extrañada Reina.

Preguntó a su chofer cuánto era el tiempo estimado para la llegada a destino si se continuaba a ese ritmo e inmediatamente después envió un mensajero solitario para informarle a su Reina que aproximadamente a las nueve y media de la mañana, su majestad Real iba a estar en perfectas condiciones de fundirse con ella en un interminable abrazo cargado de algunos de los mejores besos que se debían.

Y cómo debía ser, su Reina, solo acompañada de su luz propia yacía ahí con su quietud al alcance de los brazos de su Rey.

- Buen día, ¿cómo ha estado su majestad? –Preguntó ella con sus bellísimos ojos marrones.

- Y….-Suspiró. -¿Qué quiere que le diga mi Reina? –No se da una idea de lo dificultoso que es pelear tantas batallas sin tener una caricia suya al final del día. –Contestó con tono campechano.

Desayunaron juntos y solos a pesar que en el castillo también vivían las Princesas Titania y Nadia, y desde hace algún tiempo a acá el Príncipe Benjamín había comenzado a llenar con su inconmensurable simpatía cada rincón del palacio.

De inmediato programaron el almuerzo, el cuál iba a desarrollarse en presencia de la parte de la familia real que se encontraba y de algún que otro consorte.

La Reina dijo que iba a cocinar y no iba a haber nada que se lo impidiese. Ella quería congraciar a su rey por tamaño esfuerzo y así lo hizo.

Fue la mejor comida que éste haya probado en varios años, tal vez tantos como los que llevaban separados por las distancias.

Luego de la sobremesa se dirigieron a conocer a quién será el Veterinario Real cuando por fin puedan unir sus dos reinos, dado que este profesional va a ser muy requerido por la cantidad y variedad de animales que piensan criar para diferentes fines.

A la vuelta de la visita, conversaron sentados bajo un árbol sobre las ambiciones de cada uno, sobre los pesares de vivir siempre alejados el uno del otro y sobre las realidades y definiciones que debían darse mutuamente en este preciso momento. El Rey le declaró su amor incondicional, le dijo: -My Lady, sírvase recordar que yo la amo por lo que es, con sus virtudes y sus defectos, con sus aciertos y sus errores. Porque la suma de todos estos factores la definen tal cuál es: una Reina con todas las letras. –a lo que de inmediato agregó: -y también se que a su lado puedo realizar todos mis sueños, su belleza me llena de gozo y buenos pensamientos, y estoy en este mundo para hacerla feliz, de la manera que sea necesaria, Ud. tiene el alma libre y eso es lo que más voy a respetarle, siempre. Amén.

La reina un tanto pasmada por la confesión: lo abrazó a su rey y le dijo suavemente al oído: -Mi Rey, permítame amarlo, se que va a llegar el día que nos unamos y el mundo estará a nuestro alcance para satisfacer los deseos divinos del bien. –y sin dejar que su aliento termine agregó: -solo le voy a pedir que me de la seguridad que lo voy a volver a ver pronto pues no quiero volver a sentarme a esperar. Quédese lo más cerca que pueda así puedo amarlo cómo se merece.

Ahí creyeron conveniente emprender el regreso al castillo porque luego de esto necesitaban verse desnudos para comenzar con aquél ritual que se estaban debiendo.

Y en una de las habitaciones hicieron el amor dulce y suavemente y no se preocuparon por nada. Estaban bien así y así sabían que ya iba a llegar el momento del desenfreno sexual que tanto habían soñado en sus largas noches de solitaria e infeliz espera por la llegada de este día.

Se amaron y se dijeron en susurros cuanto se quieren, y en leves gritos y gemidos se decían cuanto se necesitaban y también así prometieron no volver a separarse por tan dilatado tiempo.

La noche fue cerrándose de apoco y los dos comenzaron a prepararse para salir a una fiesta dónde serían admirados en su esplendor Real por los cientos de asistentes de los cuales, muchos de ellos llevaban el mismo tiempo que la Reina sin poder ver al Rey.

Disfrutaron de los espectáculos artísticos de la noche y sólo luego de haber degustado algunas bebidas se retiraron a descansar, por cierto, cuando las primeras luces del alba comenzaban a clarear por el este.

Por la mañana, y ya cerca del mediodía se levantaron y entre mimos y abrazos decidieron tomar un desayuno suave para almorzar inmediatamente después así ocupaban el tiempo perdido en salir a dar un paseo a pie por el lugar.

Y las primeras horas de la tarde sucedían lentamente como cada vez que el Rey Demian y la Reina Donna estaban juntos. Y mientras transitaban conversaban sobre los objetivos a conquistar; las tierras a unir una vez casados, los ayudantes que debieran traer y el nombre que le pondrán a la nueva dinastía ya casi por nacer.

También hablaron del Príncipe Benjamín que últimamente estaba muy vivaracho y andaba haciendo de las suyas constantemente. Acordaron hacerle un buen regalo pronto.

Ya para las cinco de la tarde de ese día emprendieron el regreso no sin antes comer algunas frutas silvestres que deseaban apenas las veían.

Sabían que por la noche tenían un compromiso protocolar con espectáculos musicales y bufones a su disposición, así que al llegar al palacio y luego de reír mucho por algunos de los chistes que hizo la Reina, surgió una gran idea, pensada por ambos pero orquestada por el Rey.

-¿Qué le parece si nos duchamos y salimos a dar una vuelta en bicicleta por sus tierras Su Majestad? –Inquirió Demian con tono de no aceptar un no por respuesta.

-Pero mi Rey, -contestó apresuradamente. –quiero que me ame hasta desfallecer de manera salvaje como solo Ud. sabe hacerlo. –le dijo algo apesadumbrada.

-Tranquila my Lady, -concilió mientras le acariciaba la mejilla con la cara externa de sus enormes dedos. –Tengo varias sorpresas preparadas para este paseo y le aseguro que yo también muero de ganas de ser su dueño sexual. –le dijo mientras con su mirada le transmitía su libidinosa virilidad.

Y salieron a dar ese paseo y se amaron sobre una bicicleta, y se bajaron y continuaron amándose. Sus cuerpos se licuaban, gritaban. Ella le pedía más y más y su Rey no la defraudaba. Los campos en rededor desaparecían por momentos y sólo quedaba obscuridad muy negra y en el medio una luz que brillaba y era el más puro amor en todo su esplendor. La obscuridad los cubría todo el tiempo pero ellos no amainaban sus convicciones ni se dejaban llevar por falsos profetas.

-¡Eres el maldito diablo Demian! –le gritó. -¡No te detengas!

Fuerzas seguramente provenientes de los mismos confines del averno serían las que en apariencia se apoderaban de sus cuerpos y los hacían estallar continuamente en interminables orgasmos. Pero nada importó en esas cuatro horas y media, sabían que por más que desde los sulfurosos aromas del infierno nacieran sus interminables deseos carnales, el amor que sentían, ese mismo enamoramiento maravilloso que sentían recíprocamente, en parte también por la sinalagmática de hecho entre sus coincidentes mentes, era, es y será la base y la piedra angular de su futuro reinado. Amén.

Cuando por fin se dieron cuenta que más sexo terminaría con absolutamente todas sus energías, lo cual los haría vulnerables a las fuerzas externas que hasta ahora nunca han podido penetrar sus escudos, y sabiendo también que así retrasarían aún más todos sus compromisos posteriores decidieron descansar un poco entre caricias tan suaves como el más fino algodón chaqueño.

-Te quiero Demian. –le aplicó un aire de increíble satisfacción a sus palabras la Reina y mirándolo a los ojos prosiguió: -Te quiero mucho.

Su majestad Real no tuvo ni siquiera que contestar; con su mirada y penetrándola fuertemente directo por sus pupilas le explicó cuanto la ama, y ella sin más, y sin otro contacto que ese, se fue diluyendo en un último orgasmo para acabar de una vez por todas con tanto amor y lujuria entrelazados.

Ya en este momento, y siguiendo los dictados de sus corazones decidieron escapar a sus obligaciones nocturnas; romper las reglas era algo que siempre les atrajo por igual.

También pensaron que no era del todo conveniente dar la nota y directamente no asistir a la velada en cuestión. Al fin y al cabo están lo suficientemente mayorcitos como para actuar como dos esmirriados púberes. Por eso mismo, aún cuando reían desinteresadamente por lo que estaban pensando, tomaron sus bicicletas y mientras daban vueltas intentando encontrar algún sitio dónde cenar algo al paso y beber tal vez alguna que otra cerveza retrasarían así su llegada a el lugar donde los esperaba un tal Picasso, el anfitrión de esa noche.

Y no les importó absolutamente nada.

-¡A esta altura! –sugería entre carcajadas la bellísima Donna.

-¿Crees en Dios my Lady? –preguntó tajante a su interlocutora.

-¡Claro que si! –respondió enérgicamente ella, y agregó: -Cómo no creer en Él, sino, ¿quién más te ha cruzado en mi camino? -¿Satanás? -¡Já! –Ese nunca ha hecho nada bueno por nadie, ni siquiera por él mismo. –Sentenció.

Paradójicamente llegaron sin parar de pedalear a un lugar llamado La Cruzada y se animaron a cenar una comida hecha a base de una masa dudosamente artesanal, cubierta de una salsa roja y ácida y diferentes tipos de quesos previamente fundidos. Pero, así y todo, ellos en su felicidad la disfrutaron entre bromas, risas y casi dos litros de cerveza de la casa.

Su fastuosidad, y a pesar del lío que armaron, pasó casi desapercibida entre las gentes. Nadie los reconoció y tampoco con su alegría y divina algarabía intimidaron siquiera a alguno de los allí presentes, aunque estos si se percataron del manto mágico que los protegía; sabían que a eso los hombres mortales le llaman amor, dulce y eterno amor.

Y emprendieron su retirada por fin, concordaron que ya se habían hecho esperar lo suficiente.

Y Picasso los recibió jocoso y, rendido a sus pies exclamó: -¡Que comience el show de inmediato!

Nunca se enteró que el show comenzó un quince de octubre de 2006.





Continuará...

Damián!

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