Y si me siento a pensar en algo solo se me ocurren barbaridades; nada en concreto, solo imágenes sueltas de un pasado que fue genial con intermitencias y un presente que no se deja ver del todo claro. Y su cara. Y los perdones concedidos por amor.
Y si me autoflagelo tal vez ni siquiera cause el mismo efecto que una buena puñalada trapera en el momento justo.
Y si me reprocho mil veces al día por qué tomé tal o cuál decisión solo ahondo más y más en los problemas y no encuentro solución.
Y si simplemente me dejo arrastrar por el cauce inexorable de la vida hacia la muerte llegaré al delta sin haber conocido nada de nada, sin poder decirle a un jovencito mozo cuán fantástica es la vida cuando se es amado.
Y si voy y le pregunto por qué asestó aquella puñalada trapera por la espalda, por qué hincó ese aguijón de escorpión en el preciso instante que comenzaba a confiar verdaderamente y sin reservas solo encontraré más mentiras que no se pueden remendar en este punto de la vida, pues cuando se cruzó la línea, ya no se vuelve, solo se retrocede para buscar el escudo caído y recomenzar.
Y si tomo la posta y le miento que todo lo que yo también alguna vez le dije fue mentira no me creería y hasta en mi cara escupiría.
Y si le cuento a Dios que necesito llorar para ahogar mis penas solo me dirá que aguante hasta el final, porque sabe bien que más adelante tiene algo mejor para mi.
Pero yo quiero llorar.
Yo necesito llorar. No para desahogarme, pues ahogado no estoy. Estoy vivo, mutando todas las noches en posición fetal en mi cama, solo, con frío, odiando, amando un poco menos.
¿Cómo hago para llorar si no se ha muerto ningún ser querido? No tengo excusas para llorar, ni quisiera tenerlas ahora de esa forma.
Pero las lágrimas ahogarán mis penas, eso lo se. Hoy una, mañana si logro el llanto será otra, y así.
¿Por qué tuve que ser tan fuerte?
¿Por qué tuve que ser tan despierto?
¿Por qué no me pasó esto de más joven?
Dios, yo sólo quiero llorar y no puedo.
Quise pedir perdón, pero no pude. Porque errar es humano, propio del hombre tan miserable que nunca aprende ni tiene deseos de aprender, aunque si de aprehender. Y perdonar… perdonar solo lo hace Dios. Y el te perdonó, dos mil veces y contando.
Y quise que me pida perdón y caí en la cuenta que por más que quiera parecerme, yo no soy Dios, ni lo seré jamás pues soy hombre y así es que lleno de mierda estoy.
Pero unas disculpas solicitadas en el momento correcto hubieran sido suficientes para no empezar a incubar semejante dolor que luego destruyó ese imperio que tanto esfuerzo demandó erigirlo.
Y mientras tanto, Obama va a cumplir la profecía de aquél sueño lejano y Silo continúa interpretando al mundo como si fuera las pelotas del ser humano y pierde la ubicación y gana más y más decrépitos adeptos que creen que hay una sola verdad. Ilusos consecuentes.
Y así y todo yo sigo sin poder hacer trabajar mis lagrimales.
Quisiera que Dios bajara y me diera de cachetazos en la nuca para poder sentir un dolor diferente al que siento, algo verdadero, no el mismo dolor al que los hombres me acostumbraron, no el mismo dolor al que esa mujer otra vez me asomó. Pues ya no tiene gracia sufrir por lo mismo más de una vez. Y así es que recuerdo que de esta manera estoy blasfemando otra vez.
¡La pucha con el hombre! Tener tantas cosas y siempre querer tener más.
Y yo sigo acá sentado sin poder llorar.
Damián!
viernes, 29 de agosto de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

2 comentarios:
no puedo creer que hallas expuesto tu herida abierta y sangrante, de este modo. Que herido y lastimado estás !! Cuanto amor diste para que te duela tanto perderlo !! Pero se necesita mucho mas que un tsunami para voltearte, tenes más temple que una espada romana.
Eso es cierto, y la sangre podrida escapa lentamente por esta herida, luego, alguién traerá el azúcar para que cauterice para siempre. Aunque la marca queda....
Publicar un comentario